La retícula en nuestra retina es fácilmente identificable. Buscamos el punto exacto donde situarnos para que todo quede reflejado en un mismo plano. Ese lugar nos queda lejos, pero nos desplazamos a él de forma virtual, haciendo un viaje de kilómetros y kilómetros, sin movernos del sitio. Y es allí donde aparece nuestro rincón, reverenciándose ante nosotros e invitándonos a la retrospección del modelo.
Nos parece confuso, sus cruces, sus líneas, las cavidades, las ramificaciones, donde se abre, donde se cierra…Pero está vivo, funciona y evoluciona, sigue viviendo… respira y crece, se desarrolla y varia con el tiempo. Su esqueleto firme y consistente le da majestuosidad, y nos enseña sus puntos fuertes, anillos y cruces concéntricos con su densidad material y espesor de flujos que corren por sus arterias, de un lado a otro, ocupando volúmenes dentro de concavidades, dilatándose en sus extensiones, desplazándose y viviendo en su interior.
Cavilando en torno a la figura llegamos a considerar los pilares de su composición, inherentes a su existencia, de manera que en un todo complejo serían la misma pieza, es decir avanzan y se reproducen de forma conjunta, en unión, ninguno de ellos esta antes que el anterior. Llegan a la vez pero se presentan el uno al otro con total solidaridad. Desempeñan papeles diferentes pero realizan sus funciones vitales en colaboración.
Esto denota su existencia. Roza la perfección que le permite sobrevivir. Su firmeza la mantiene en pie, la hechura nos transmite el usufructo y al fin y al cabo la metrópolis respira por sí sola.
Los arrecifes de coral son cruciales para la formación y el funcionamiento de los ecosistemas y las redes de alimentación de decenas de miles de organismos. Aproximadamente la mitad de todas las especies conocidas (de peces marinos) se encuentran concentradas hacia estos sistemas.

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